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Los que renunciaron

Dani llegó a casa de su madre con una barra de pan bajo el brazo y polvo blanco en el hombro.

Eran casi las nueve. Teresa mantenía la tortilla caliente en el horno y veía un concurso con el volumen bajo. En la mesa había tres platos.

Lucía no le había dicho que iba a pasar, pero su madre seguía poniendo uno para ella los martes.

—Lávate las manos.

Dani dejó el pan junto al frutero.

—Vengo limpio.

—Has tocado la puerta.

Dani miró a Lucía antes de entrar en el baño. Llevaba el polo gris de la empresa, remetido solo por un lado. La tela estaba oscurecida bajo los brazos. En el hombro, el polvo de yeso se había apelmazado en la costura.

Lucía había llegado una hora antes. Teresa la puso a cortar judías mientras terminaba una tortilla demasiado grande para tres. No le preguntó por el trabajo hasta que tuvo la sartén en el fuego.

—¿Te han dicho algo de la renovación?

—Todavía no.

—Pues tendrán que decírtelo.

—Tienen hasta el viernes.

—El viernes es cuando se te acaba.

—Por eso.

Teresa giró la tortilla con un plato llano. Parte del huevo cayó sobre la encimera. Lo recogió con la bayeta y volvió a poner la sartén al fuego.

La cocina era la misma que Lucía había recordado aquella mañana.

Ya no estaba el mantel de plástico. Teresa lo había retirado porque se levantaba en las esquinas y los vasos quedaban inclinados. El nuevo seguía envuelto encima del armario, entre una fuente que nadie usaba y una caja de bombillas.

Dani volvió secándose las manos en el pantalón.

—Hay una toalla —dijo Teresa.

—Está mojada.

—Eso pasa con las toallas.

Sacó la tortilla. Dani cortó una punta antes de que llegara a la mesa.

Su madre le golpeó los dedos con el mango de un tenedor.

Dani comía deprisa, inclinado sobre el plato. Usó el pan para recoger el aceite antes de terminar el primer trozo.

—¿Sigues con la ruta de Getafe? —preguntó Lucía.

—Esta semana.

—¿Y la que viene?

Dani se encogió de hombros.

—El domingo dijiste que ibas a mirar lo del curso.

—Lo miré.

—¿Y?

—Cuesta cuatrocientos euros.

—Dijiste que eran doscientos.

—Pues cuesta cuatrocientos.

Teresa dejó el tenedor sobre el plato. Dani cogió otro trozo sin levantar la vista.

Lucía tenía el teléfono en el bolsillo del abrigo. Había pensado en enseñarle la fotografía nada más llegar. Después prefirió esperar a que su madre se levantara. No quería hablar de Llave 25 delante de ella.

Durante meses, Teresa había llamado cada miércoles al mismo número de información. Primero le decían que faltaba un documento.

Luego que el expediente estaba cerrado. Al final dejó de llamar, pero conservó el número escrito en la puerta del frigorífico hasta que la tinta desapareció.

El vecino de arriba arrastró una silla. En el televisor, un hombre enseñaba una casa con piscina. Teresa miró la pantalla y bajó un punto más el volumen.

—¿Te quedas a dormir? —preguntó a Lucía.

—No.

—Se te va a hacer tarde.

—Tengo metro.

—Hasta una hora.

—Mamá.

Teresa se levantó a por agua.

Dani señaló el bolsillo del abrigo.

—Llevas toda la cena tocándote eso.

Lucía sacó el teléfono y lo dejó junto a su plato.

—Necesito que mires una cosa.

—¿Del trabajo?

—Mírala primero.

Abrió la fotografía. El reflejo de la lámpara tapaba una parte del texto. Amplió la imagen y giró el teléfono hacia él.

Dani no lo cogió al principio. Leyó inclinado sobre la mesa.

Después acercó la pantalla a la cara y pasó el pulgar por la firma.

Teresa regresó con la botella.

—¿Qué tenéis ahí?

—Nada —dijo Dani.

—Entonces aparta el teléfono de la mesa.

—Es una renuncia del programa de vivienda.

Teresa permaneció de pie.

Dani miró a su hermana.

—¿De dónde la has sacado?

—Estaba en un expediente.

—¿En tu trabajo?

—Sí.

—No puedes enseñar eso.

—¿Firmaste esta hoja?

Dani volvió a mirar la pantalla.

—No.

—La firma es tuya.

—La firma sí.

Teresa dejó la botella en el centro. Colocó el tapón junto a la etiqueta.

—No entiendo nada.

Lucía amplió la parte inferior del documento.

—Aquí pone que Dani renunció al piso el día de su cumpleaños.

—Yo no renuncié —dijo él.

—Entonces, ¿cómo llegó tu firma ahí?

Dani empujó el plato unos centímetros. Un trozo de corteza quedó en el borde.

—Firmé papeles.

—¿Qué papeles?

—Los de la solicitud.

—¿Cuántos?

—No sé.

—¿Los leíste?

Dani se limpió los dedos en la servilleta. La dobló una vez y luego otra.

—Había cola.

—Eso no responde.

—La chica pasaba las hojas. Decía: aquí, aquí y aquí.

—¿Y tú firmabas?

—Donde decía.

—¿Sin leer?

—Leía. O lo intentaba.

Teresa se sentó despacio.

—Yo te dije que fueras con tu hermana.

—Lucía estaba estudiando.

—Podías esperar un día.

Dani negó con la cabeza.

—No era así.

—¿Cómo era?

—Si salías con los papeles, perdías la cita.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó Lucía.

—La chica.

—¿Qué chica?

—La que estaba allí.

—¿En Vivienda?

Dani miró a su madre.

—En la fundación.

Teresa retiró la fuente aunque aún quedaba tortilla.

—Tú dijiste que habías ido a Vivienda.

—Nos mandaban allí.

—No es lo mismo.

—Ya lo sé.

Teresa llevó la fuente a la encimera y abrió el grifo. El agua golpeó el metal con más fuerza de la necesaria.

Lucía preguntó:

—¿Te dieron alguna copia?

Dani se quedó mirando la puerta del salón.

—Creo que sí.

Teresa cerró el grifo.

—Está en el cajón de abajo.

Dani volvió la cabeza.

—¿Todavía guardas eso?

—Guardo lo que puede hacer falta.

—Te dije que lo tiraras.

—Me dices muchas cosas.

Se secó las manos y salió de la cocina. Dani pasó el pulgar por una miga hasta deshacerla.

—Borra la foto —dijo.

—No.

—Te pueden echar.

—Puede ser.

—No merece la pena.

Lucía bloqueó la pantalla.

—Eso lo decides tú desde hace años.

Dani levantó los ojos. No respondió.

Teresa regresó con una carpeta de publicidad de una compañía eléctrica. La goma estaba vencida y daba dos vueltas. La dejó en la mesa sin sentarse.

Dentro había recibos antiguos, garantías de electrodomésticos y un grupo de hojas dobladas por la mitad. En la primera, Dani había escrito su número de teléfono en el margen y lo había corregido dos veces.

Lucía apartó lo demás y ordenó las páginas.

Solicitud.

Certificado de empadronamiento.

Nóminas.

Declaración de ingresos.

Declaración responsable.

No había sellos ni firmas de la Administración. Eran copias de lo que Dani había llevado a la fundación.

—¿Esto es todo? —preguntó Lucía.

—Es lo que me dieron.

—¿Te lo entregaron allí?

—En una carpeta parecida.

—¿Ese mismo día?

—No sé. Creo que al final.

Lucía revisó los pies de página. Las hojas no estaban ordenadas.

Colocó primero la uno, luego la dos. La tres había quedado dentro de una nómina. Después venían la cuatro, la cinco y la seis.

La siguiente llevaba un ocho.

Buscó entre los recibos y vació la carpeta sobre la mesa. Cayó una llave pequeña, dos fotografías de carnet y el manual de una lavadora que ya no tenían.

—Falta una hoja —dijo.

—Yo no he quitado nada.

—No he dicho eso.

Lucía volvió a contar.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Ocho. Nueve.

—A lo mejor no me la dieron.

—¿Te acuerdas de ella?

—No.

Lucía observó las perforaciones junto a la grapa. Todas coincidían.

La hoja seis tenía una marca más ancha en la esquina, como si hubiera permanecido doblada contra otra página durante mucho tiempo.

—¿Por qué nos dijiste que te la habían denegado? —preguntó.

Dani apartó la vista.

Teresa cogió la llave y la sostuvo en la palma, intentando recordar de qué era.

—Porque eso entendí —dijo él.

—No fue lo que dijiste.

—Fue lo que pude decir.

Lucía dejó las páginas en orden. Entre la seis y la ocho quedó un espacio del ancho de una mano.

Dani apoyó los dedos sobre el borde de la mesa, pero no volvió a acercarlos a la carpeta.