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Los que renunciaron

La primera renuncia estaba fechada en domingo.

Lucía se fijó en la fecha porque su hermano cumplía años el 14 de noviembre. Aquel año Dani había cumplido veinticuatro. Recordaba la tarta hundida en el centro, el mantel de plástico pegado a los antebrazos y a su madre retirando los platos antes de que él llegara.

El escáner tomó dos hojas a la vez. Los rodillos giraron unos segundos y se detuvieron con una esquina atrapada. Lucía levantó la tapa, retiró el papel y comprobó que no se hubiera rasgado. Después limpió con el pulgar una línea negra que la máquina dejaba en los márgenes.

El mensaje de Celia había llegado a las seis y tres de la mañana.

Entra a las siete. Sala 4. Lote 6.

Lucía trabajaba casi siempre con expedientes de subvenciones energéticas en la segunda planta. Nunca había estado en la sala 4.

Tampoco preguntó por qué la cambiaban. Su contrato terminaba el viernes y Celia aún no le había dicho si seguiría.

Volvió a colocar las hojas y pulsó el botón verde.

En la pantalla apareció un aviso.

DOCUMENTO INCOMPLETO.

Lo aceptó.

Eran las siete y doce. A las nueve llegaría el camión para retirar las cajas digitalizadas. La empresa exigía ciento veinte expedientes por turno. El contador marcaba ochenta y cuatro, aunque sesenta y dos procedían del día anterior.

En la cuarta planta quedaban tres personas: el vigilante de la entrada, Celia Pardo en el despacho de cristal y Lucía en la sala de escaneado. La calefacción no funcionaba. Lucía llevaba el abrigo puesto y mantenía una taza de café entre las rodillas porque sobre la mesa estaba prohibido dejar líquidos.

En la pared habían pegado un calendario de sobremesa con cinta adhesiva. Seguía abierto por septiembre. La fotografía mostraba una cala azul, dos barcas y una sombrilla cerrada. Menorca.

Lucía abrió de nuevo la renuncia.

La solicitante se llamaba Miriam Cano. Veintisiete años.

Dependienta. Ingresos mensuales: novecientos cuarenta euros. Había solicitado una vivienda del programa Llave 25 y obtenido un piso en Villaverde. Dos días después constaba que renunció por motivos personales.

No había sello de entrada ni justificante de presentación electrónica. Solo una hora impresa en el margen: 08:00.

Lucía consultó el calendario del ordenador. El 14 de noviembre de 2021 había sido domingo.

Abrió la hoja de incidencias y escribió:

Fecha inhábil. Falta justificante de registro.

El expediente siguiente pertenecía a un auxiliar de cocina de Carabanchel. Había renunciado por incompatibilidad laboral. La fecha era la misma. También la hora.

En ambos documentos aparecía una validación de M. Gálvez.

Lucía comprobó el número de registro. Solo cambiaban las tres últimas cifras.

Abrió el tercer expediente. La renuncia se había presentado el domingo siguiente. El cuarto llevaba fecha del día de Navidad. En el quinto constaba una verificación presencial realizada un sábado a las ocho de la mañana.

Apartó las carpetas y abrió la caja completa.

En la tapa, alguien había escrito con rotulador negro:

L25 / RENUNCIAS / 2021 / LOTE 6.

Dentro quedaban más de cien expedientes. Algunos olían a humedad. Varias carpetas tenían las grapas oxidadas y una franja más clara en el lomo.

Lucía sacó diez y revisó las últimas páginas.

Siete renuncias estaban fechadas en domingo. Dos, en sábado. Una, en festivo.

La mayoría se había presentado entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas después de la adjudicación provisional. Los motivos ocupaban una sola línea: traslado laboral, problemas familiares, decisión personal, imposibilidad de ocupación. Lucía añadió una segunda incidencia.

El sistema tardó en guardarla. Una rueda gris giró en el centro de la pantalla.

Al otro lado del cristal, Celia levantó la vista.

—¿Qué has encontrado?

Estaba en la puerta. Llevaba el cabello recogido con un lápiz y la acreditación metida en el bolsillo de la chaqueta. Lucía giró la pantalla.

—Renuncias registradas en días inhábiles.

Celia se acercó y leyó las dos filas.

—Podían presentarse electrónicamente.

—No tienen justificante.

—En 2021 hubo problemas con la migración.

—La fecha y la hora sí se conservaron.

Celia abrió una de las carpetas. Fue a la hoja de adjudicación y comprobó el número de expediente.

—¿Cuántas has revisado?

—Diez.

—¿Y todas son así?

—Las fechas no cuadran. También se repite la persona que valida.

Lucía señaló el nombre de M. Gálvez. Celia lo leyó.

—Una fecha inhábil no anula el documento.

—No.

—Entonces pon error de migración.

—No sabemos que sea eso.

Celia se quitó las gafas y limpió un cristal con el borde de la camisa.

—Es la categoría que se utilizó al importar estos expedientes.

Lucía abrió el menú desplegable. La categoría existía.

—M. Gálvez no aparece en el directorio.

—Ya no trabaja aquí.

—¿En qué unidad estaba?

Celia volvió a ponerse las gafas.

—Termina el lote. Si encuentras más, me avisas.

—¿Dejo las incidencias?

—Como errores de migración.

Lucía mantuvo la mano sobre el ratón.

—De acuerdo.

Celia regresó al despacho.

Lucía cambió las dos incidencias. En el historial quedarían las versiones anteriores, pero ella no tenía permiso para consultarlo.

A las siete y cuarenta y ocho encontró otra renuncia de domingo.

Las dos siguientes habían sido validadas por M. Gálvez con siete minutos de diferencia. Una pertenecía a una mujer de Fuenlabrada; la otra, a un hombre de Alcalá de Henares.

Lucía sacó el móvil y fotografió ambas páginas. La primera imagen quedó desenfocada. Repitió la foto.

Guardó las fotografías. Las carpetas se marcharían a las nueve.

El vigilante pasó por el pasillo empujando una máquina de café sobre un carro. Llevaba el chaleco abierto y una bolsa de churros colgada de la muñeca.

—¿Otra vez la primera?

—Hoy me ha tocado.

—A mí me toca siempre.

Se agachó para colocar una rueda que se desviaba hacia la pared.

Lucía sostuvo el carro con un pie.

—Gracias.

—No va a durar.

Lucía abrió el índice general del lote. Ciento treinta y dos expedientes. Contó las carpetas. Ciento treinta y una.

Repitió el recuento. Faltaba el número situado entre el 21-60418 y el 21-60420. Lo anotó en una hoja.

A las ocho y treinta y seis, Celia entró en la sala con una carpeta azul. La dejó junto al teclado.

—Faltaba esta.

Lucía miró el número de la portada. 21-60419.

—¿Dónde estaba?

—La han subido de archivo.

—¿Ahora?

—Estaba en recepción cuando he bajado.

La carpeta llevaba una funda de plástico transparente. Dentro había una tira de papel doblada. Lucía alcanzó a leer dos líneas:

SALA 4 / LOTE 6 OPERADORA: L. ROLDÁN —¿Uso el código del lote? —preguntó.

—Sí.

Celia retiró la funda y la dejó sobre la mesa.

En la etiqueta figuraba un nombre.

Roldán Martín, Daniel.

Lucía levantó la cabeza.

—Es mi hermano.

Celia miró la carpeta.

—No lo sabía.

—La hoja lleva mi apellido.

—La habrá preparado archivo.

Lucía señaló la funda.

—¿Por qué para mí?

—No lo sé.

La respuesta salió sin prisa.

—Digitaliza el expediente —añadió—. Si hay una incidencia, la anotas.

Lucía observó la funda. El papel seguía dentro. Desdobló una esquina con la uña.

La orden se había generado a las 18:42 del día anterior.

Celia le había escrito a las seis y tres de la mañana.

Lucía dejó la funda como estaba. Abrió la carpeta.

La solicitud de vivienda estaba fechada el 3 de noviembre de 2021.

Dani tenía veintitrés años cuando la presentó. Cumplió veinticuatro once días después. Trabajaba en un almacén de muebles de Getafe y cobraba mil treinta euros al mes. En la unidad de convivencia aparecían su madre y su hermana. Los datos eran correctos. Incluso el segundo apellido de su madre, que Dani escribía mal desde el colegio.

Lucía recordó la noche en que le pidió ayuda para rellenar una solicitud. Ella tenía apuntes extendidos por la mesa y un examen de prueba al día siguiente. Le dijo que dejara los papeles junto al microondas.

A la mañana siguiente ya no estaban. Pasó la página. Informe favorable. Setenta y ocho puntos.

Propuesta de adjudicación: una vivienda en la calle Martínez Oviol, a doce minutos andando de casa de su madre.

Aceptación provisional: viernes, 12 de noviembre. Renuncia: domingo, 14 de noviembre. Motivo: decisión personal. Hora: 08:00.

Validación: M. Gálvez.

Dani había contado que rechazaron su solicitud porque faltaba un certificado. Dijo que recibió la carta cuando el plazo para recurrir ya había vencido. Su madre dejó de hablarle durante una semana. Lucía le llamó irresponsable desde la puerta de la cocina, con el abrigo puesto.

Dani no discutió. Recogió una cucharilla del suelo y la dejó en el fregadero.

Lucía llegó a la última página.

La firma estaba en la parte inferior. La D inclinada hacia delante.

La R abierta. El apellido reducido a tres golpes rápidos.

La había visto en contratos temporales, autorizaciones y recibos.

Dani apretaba demasiado el bolígrafo. La tinta atravesaba siempre el papel.

Levantó la hoja hacia la luz.

En el reverso se marcaban todos los trazos. La firma era de Dani. La renuncia, no.

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Cap. 2