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Todo lo que ya estaba dentro

DÍA 1 La perra llegó sola a las seis y veinte de la mañana. Mora arañó la puerta trasera hasta que Elisa bajó. Tenía las patas cubiertas de barro negro y una herida pequeña en el hocico. No llevaba correa. Tomás tampoco estaba. Elisa llamó primero a su móvil. Después a Andrés, el hermano de Tomás. A la Guardia Civil la llamó a las siete y cuatro, cuando ya había recorrido el camino del acantilado y había encontrado, junto al muro, una de las zapatillas de su marido. Al agente le dijo que Tomás había salido a caminar.

No dijo que antes había roto un plato contra el fregadero. No dijo que la había sujetado por los brazos ni que, al soltarse, ella le había dado un empujón con ambas manos.

Tampoco dijo que Mora salió detrás de él y que, durante casi una hora, Elisa permaneció sentada en el suelo de la cocina escuchando el viento. En el formulario figuró:

«Discusión doméstica sin violencia física». Elisa leyó la frase y no la corrigió.

DÍA 3 Encontraron la chaqueta enganchada en una roca. Los bolsillos contenían un mechero, dos monedas y el recibo de una gasolinera. Ninguna nota. La gente del pueblo llevó comida. Empanada, caldo, pescado limpio. Se sentaban en la cocina y hablaban del mar como si fuera una persona de carácter difícil: caprichoso, traidor, bruto en invierno. Nadie mencionaba que Tomás sabía nadar desde niño ni que llevaba años amenazando con tirarse cada vez que Elisa intentaba marcharse.

—No lo decía en serio —comentó Andrés.

Elisa miró la fuente de caldo entre los dos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque siempre volvía.

Andrés bajó la vista al caldo. La grasa había formado una piel amarilla. Mora dejó de acercarse al acantilado. Cuando Elisa tiraba de la correa, la perra clavaba las patas y miraba hacia la casa.

LA NOCHE ANTERIOR Tomás cenó de pie. Había bebido. Preguntó por qué Elisa había llamado a una inmobiliaria. Ella dijo que quería saber cuánto valía la casa.

—La casa es mía también.

—No he dicho que vaya a venderla.

—Lo estás pensando.

El plato se rompió contra el fregadero. Mora se escondió debajo de la mesa. Tomás agarró a Elisa por encima de los codos. No apretó al principio. Había aprendido a empezar con una presión que pudiera confundirse con una petición.

—Mírame cuando te hablo.

Ella miró. Durante años había intentado encontrar el punto exacto en que el rostro de Tomás dejaba de ser el de un hombre enfadado y se convertía en otra cosa. Nunca lo consiguió. El cambio ocurría antes de que ella pudiera verlo. Cuando él aflojó una mano para señalar la puerta, Elisa lo empujó. Tomás cayó contra la mesa. Se hizo un corte en la ceja. Ambos se quedaron quietos.

—Ahora sí —dijo él—. Ahora ya puedes contar que soy yo.

Cogió la chaqueta y salió. Mora lo siguió. Elisa cerró la puerta con llave.

DÍA 7 La bota apareció en una cala a tres kilómetros. El mar no devolvió el cuerpo. Por la noche, Elisa oyó a Mora gemir frente a la despensa. Dentro había un charco de agua oscura. Colocó un cubo bajo la pared. A la mañana siguiente, el cubo contenía grava negra y una hebra de alga. Andrés lo examinó.

—Habrá entrado por la chimenea.

No había chimenea en aquella parte de la casa.

—Quiero que te vengas conmigo unos días —dijo.

—No.

—Quedarte aquí no demuestra que lo quisieras.

Elisa abrió la boca, sorprendida por la precisión de la frase.

—¿Quién ha dicho que intento demostrar eso?

Andrés se agachó para acariciar a Mora. La perra se apartó.

DÍA 12 Suspendieron la búsqueda oficial. El sargento explicó que continuarían atentos a cualquier hallazgo. Utilizó la palabra «presunto» delante de «fallecimiento». Elisa comprendió que una desaparición sin cuerpo obligaba a vivir dentro de una gramática provisional. «Tomás era» parecía una traición. «Tomás es» sonaba a enfermedad. Dejó de nombrarlo. Esa noche oyó pasos alrededor de la casa: dos golpes juntos, una pausa, un arrastre. Mora no ladró. Se orinó junto a la puerta. Elisa apagó las luces. Los pasos dieron tres vueltas y se detuvieron al otro lado del cristal de la cocina. No miró. A la mañana siguiente había una línea de sal en el alféizar interior.

DÍA 18 La casa empezó a usar a Tomás sin mostrarlo. La ducha goteaba con el ritmo con que él tamborileaba los dedos. El armario olía a su colonia. Una taza aparecía en el brazo del sofá, con café frío. Elisa encontraba puertas abiertas que recordaba haber cerrado.

La primera vez que oyó su voz fue desde el piso de arriba.

—¿Dónde están mis llaves?

Una pregunta ordinaria. Precisamente por eso subió. El dormitorio estaba vacío.

Sobre la cama había una zona mojada con la forma de un hombre sentado. En el suelo, Mora gruñía hacia el espejo. Elisa se acercó. El reflejo mostraba la habitación unos segundos antes: la puerta todavía cerrada, la colcha lisa, una figura detrás de ella. No se volvió. En el espejo, Tomás levantó la mano y señaló la ventana. Elisa salió del dormitorio caminando despacio. Solo echó a correr al llegar a la escalera.

LA ÚLTIMA DISCUSIÓN, SEGÚN ANDRÉS Años después, Andrés diría que Tomás había ido a su casa aquella noche. Que llegó con sangre en la ceja, llorando, y que confesó haber asustado a Elisa. Andrés le ofreció dormir en el sofá. Tomás se negó.

—Tengo que volver antes de que cierre del todo —dijo.

Andrés interpretó que hablaba de su mujer. Quizá hablaba de la casa.

DÍA 23 Elisa abrió la despensa. El suelo estaba cubierto de arena negra. Entre los frascos había un mechero, dos monedas y el recibo de una gasolinera. Los objetos que la Guardia Civil había retirado de la chaqueta. Llamó al sargento. Antes de que contestara, oyó el plato romperse en la cocina. Mora salió por la puerta trasera. Elisa la siguió hasta el muro del acantilado. La perra se detuvo allí, temblando. No miraba al mar. Miraba a Elisa. Abajo, el agua se retiró de la roca en una sola lámina. Durante un instante apareció un sendero oscuro que descendía por la pared del acantilado, escalón tras escalón, hasta perderse bajo la superficie. Sobre el primer escalón estaba la otra zapatilla de Tomás. Elisa pasó una pierna por encima del muro. Mora le mordió el abrigo y tiró hacia atrás.

—Suéltame.

La perra no soltó. Desde la casa llegó la voz de Tomás. No pronunciaba su nombre.

Pedía ayuda con el tono exacto que había utilizado otras noches, cuando rompía algo y después lloraba, cuando decía que sin ella no sabía detenerse. Elisa permaneció con una pierna sobre el muro hasta que el muslo empezó a temblarle. Detrás, Tomás volvió a pedir ayuda. Abajo, la zapatilla no se movió. Se quitó el abrigo. Mora cayó hacia atrás con la prenda entre los dientes. Elisa no bajó al sendero. Tampoco volvió a la casa. Caminó hasta el pueblo en jersey, bajo una lluvia fina.

DÍA 40 La Guardia Civil precintó la vivienda después de que Andrés denunciara que alguien había entrado. En la cocina encontraron el suelo mojado y un plato roto. No había huellas de calzado. Sí marcas de patas que comenzaban junto al fregadero y terminaban en una pared. Elisa no regresó para recoger sus cosas. Mora vivió con ella en un piso pequeño, lejos de la costa. Durante el primer invierno, la perra se despertaba algunas noches y miraba hacia el armario. Elisa encendía la luz. Nunca había nada. En primavera, Andrés envió por correo el abrigo abandonado junto al acantilado. Estaba seco, salvo por una manga. Elisa lo dejó en la bañera. A la mañana siguiente, Mora estaba sentada delante del cuarto de baño. La puerta permanecía abierta. La perra miraba hacia el pasillo. No hacia el agua.